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Discurso en la Plaza El Silencio, Caracas

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La Jiribilla

El asueto era universal. Y, sin embargo, las voces eran apremiantes, conminatorias. Todos los técnicos y locutores habían de presentarse, inmediatamente, en sus estaciones de radio o de televisión. Asunto urgente. Asunto urgente. Asunto urgente. Frente al concertante de grillos y chicharras aquel llamado crecía, se hinchaba, requería, a quienes no tenían oídos —todavía— para oírlo. Desperezábanse estos, llamados por las esposas; no entendían aquellos que habían festejado a San Silvestre hasta poco antes del alba. Y, de repente, en torno a las once de la mañana, las estaciones de radio se concertaron. Una noticia, una sola, aún exenta de pormenores, exasperante en la reiteración de lo mismo, entraba en todas partes: Batista se había fugado de Cuba en la medianoche anterior y los fabulosos chivúos2 de la Sierra Maestra entrarían en La Habana aquel mismo día, en un épico estruendo de carros de asalto, tanques y caballerías.

Pronto comenzó el descenso de los cubanos hacia el aeropuerto de Maiquetía. En camiones, en autos, en los pocos autobuses que habían salido a las calles aquel día primero de enero, bajaban, por centenares, hacia el mar. No se tenía noticias de que hubiese aviones aprestados para viajar a la isla. Muchos de los que cargaban con sus hatos, con sus maletas maltrechas, llevando una mujer con dos niños en brazos, no tenían siquiera el dinero suficiente para pagar el pasaje. Y aun así, desembocando de la autopista con sus trescientas curvas, y aun a pie, del viejo Camino de los Españoles, que tramontaba el Ávila para caer, con su pavimento desgastado, sobre la fortaleza de La Guayra, iban llegando al aeropuerto donde les esperaba la noticia de que todos los vuelos estaban suspendidos por un tiempo indefinido. Los chivúos no entrarían en La Habana aquella tarde, como se había anunciado. Había alguna confusión en las informaciones. Se decía, sin embargo, que un piloto venezolano estaría dispuesto a lanzar algún vuelo por su cuenta y riesgo, sin estar autorizado a ello. Y en medio de la confusión de las conjeturas, en un ir y venir del bar del primer piso a las butacas de la planta baja, el aeropuerto se transformó en un vasto campo de expectantes, de reclusos, que, entre llantos de niños, llamadas a gritos, trasiego de cosas, se fue poblando de durmientes ovillados en el piso, al pie de las paredes, en tanto que los grandes aviones internacionales no cesaban de pegar y despegar, camino de Río de Janeiro, de París o de New York, con su siempre renovado vaivén de aeromozas —de ruanas rojas, si eran colombianas; un tanto cow-girls, si eran de Texas; tan  elegantes como desabridas, si eran de la  British. Detrás de las pistas, en la claridad enorme del primer sol de enero, el peñón de Cabo Blanco cobraba una fulgencia de cristal de roca. Hoscas, obscuras, harto cubiertas de hojarascas peligrosas se hacían las montañas. Pero arriba, en la ciudad ya despierta y tremendamente despierta, se alzaba ya el clamor de las manifestaciones que iban saliendo a sus avenidas céntricas y bulevares... En mayor número del que yo hubiese creído posible, iban apareciendo los brazales rojo y negro del Movimiento 26 de Julio, que la gente de aquí, solidaria en la alegría, celebraba con grandes aplausos. Todo el día anduve de aquí para allá, viendo pasar automóviles cubiertos de banderolas, oyendo sonar por vez primera al aire libre el Himno del 26 de Julio, hasta hoy clandestino y secreto en Cuba, y que aquí habían aprendido muchos, en música y letra, por boca de refugiados —versión oral de los cantos de rebeldía que, en tiempos de cárceles y persecuciones, se difunden más pronto a sotto voce que si fuesen editados o tocados en desfiles, con coros y bandas militares... Vuelvo tarde a mi casa, donde me espera Irene con el oído atento a la radio: “Ya Fidel está en Santiago”. Y otra noticia que me impresiona grandemente por su significado ejemplar: se ha rendido el Cuartel Moncada donde, un día de julio de 1953, había comenzado todo. Se ha cerrado un ciclo y ahora se abre otro, que habré de seguir con creciente expectación. El 4 de enero, el Ejército Rebelde está en Camagüey. El 5, 6, 7 y 8 es la gran marcha hacia la capital, y el 9 es la entrada en La Habana, cuyas históricas imágenes nos son ofrecidas —y es esta la máxima actualidad mundial del momento— por los diarios, la televisión y los noticieros cinematográficos. Ahora, lo que casi era espejismo, cosa de conseja y romance, se nos ha instalado en lo cotidiano, haciéndose inmediato y comprobable en presencias y actos que recoge la prensa y difunden los mass media. De los altos de una Sierra que solo conocía vagamente por los tratados geográficos mal estudiados en el colegio, surgidos de verdores y nieblas, habían bajado al llano esos —para mí— casi míticos personajes que habían ido cobrando contorno, estatura, fisonomía y dimensión humanas, heroica o carismática, a la par que sus nombres se iban grabando sucesivamente, a tenor de sus proezas, en la memoria de las gentes: Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara, Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, y otros más. Muchos los veían con admiración y confianza; algunos les temían; pero a nadie eran indiferentes sus ya afirmadas personalidades, en medio de los combatientes anónimos, hermanos de sangre que, con sus largos cabellos sueltos y sus fornidas barbas —en país donde casi nadie hubiese llevado barbas desde hacía más de cuatro décadas— parecían haberse constituido en una nueva categoría de hombres entre los de mi nacionalidad. Y tan singulares parecían en el desarrollo de su muy reciente historia, tan dotados de tenacidad, resistencia física y moral, poder de sobrellevar las penurias, carencias y privaciones de una prolongada guerra que, acostumbrado a la blandura, la indolencia, los apetitos de bienestar y de placer de mis compatriotas, me parecían seres hechos de otra arcilla —de otra carne. Llegaba a preguntarme, ante sus estampas hirsutas, su aparente distanciamiento, si, cuando se situaran dentro de la perspectiva que era la nuestra, llegaríamos alguna vez a entendernos en un mismo idioma —si las palabras nuestras serían las mismas que se articularían en el ámbito de su mitología guerrillera y militar.

Y esas palabras las oigo ahora, dichas desde un balcón que domina una vasta plaza repleta de gentes, pronunciadas por quien fue el promotor, animador y jefe supremo de la prolongada y tesonera acción revolucionaria que acaba de cerrar su primer ciclo. Fidel Castro está en Caracas, a la que llegó escoltado por la enorme multitud que fue a esperarlo al aeropuerto de Maiquetía, obligándolo a detenerse varias veces y hablarle en el camino seguido desde la costa a la capital. Ha llegado acompañado por algunos de esos hombres nuevos, algo taciturnos, de andar un tanto campesino, que aquí llaman “los fabulosos chivúos”, y que, al aparecer ante la muchedumbre, fueron alzados en hombros y llevados en triunfo. Adosado a una columna de la plaza, escucho ahora su voz neta, clara, algo metálica a veces, que me llega a través de los zumbidos intermitentes de una brisa, venida de la montaña, que por momentos se le cuela en los micrófonos. Menos me interesa lo que dice, reflejo de un pensamiento cuyas premisas ya me son conocidas, y de la expresión de verdades nuestras, ecuménicamente nuestras, que habrá de exponer con el tacto del huésped que en modo alguno pretende dar lecciones fuera de su casa ni erguirse en ejemplo, cuando sabemos todos que es acaso el único en la América de hoy que, por su acción victoriosa, podría precisamente presentarse como ejemplo y dar muchas lecciones fuera de su casa; menos me interesa lo dicho en este momento, repito, que el estilo —para mí insólito— de su oratoria, desprovista de toda retórica, donde el habla llana y directa, muy cubana siempre, no se exime, sin embargo, de una corrección gramatical ignorante de las viciosas apócopes y perezas de articulación que harto a menudo afean el habla nuestra sin añadirle gracia. A veces, se va del tema, pasa de lo esencial a lo accesorio, se nos escapa, se sale del propio razonamiento, y cuando creemos que se ha extraviado, dejándose arrastrar por una sucesión de ideas secundarias harto presurosas en salir, con inesperada elipsis regresa a su tema primero, cerrando lo que fue en realidad un paréntesis necesario para llevar adelante el razonamiento central. Después de tanto padecer la frondosa verbosidad de nuestros políticos tradicionales, llena de imágenes hueras, malas metáforas y teatrales paroxismos, me admiraba yo ante el estilo distinto, innovador, claro, dialéctico, de un hombre que, usando el lenguaje de cada cual, lo libraba de inútiles modismos, de locuciones demasiado coloquiales, para alzarlo a la dignidad de un discurso dirigido a todos en el idioma de todos, pero donde una expresión popular sacada a colación en momento oportuno, se insertaba muy naturalmente entre dos párrafos, como nota de color, como útil imagen, aunque sin romper la continuidad de lo dicho —continuidad mantenida del principio al fin por una lógica ligazón de conceptos que iban derecho a lo certeramente apuntado, sin necesidad de latiguillos ni de altisonancias efectistas. Lejos estábamos aquí de los rugientes temores de la tribuna, con muchos trémolos y poco mensaje, que tanto habían proliferado en este continente. A tiempos nuevos correspondía una palabra nueva —palabra que al volver al silencio, en lo alto de esta plaza que tenía El Silencio por nombre, levantó enormes aclamaciones en el vasto espacio que se extendía hasta la escalinata de El Calvario, cubierta de gente, y el Arco de la Federación, cuyas alegorías se perdían en la noche de los cerros... Llevado hacia una calle cercana por la dispersión del público, entré en una grata tasca española —“La Pilarica”— para esperar a que se despejaran un poco las vías que iban hacia el este de la ciudad. Y allá, saboreando lentamente un vino blanco aragonés que era especialidad de la casa, me sentí terriblemente solo, solo ante lo visto y oído, solo ante una realidad histórica que directamente me concernía —agobiado por una evidencia debida a mi marginación. Así, otros habían hecho lo que era necesario que se hiciera; otros, habían llevado a la acción lo que yo, a veces, hubiese anhelado, sin pasar del anhelo; otros, habían actuado, combatido, sufrido, caído, vencido, en mi lugar; otros, habían pensado por mí; otros, habían logrado una victoria, dejándome fuera de esa victoria. Yo era el hombre parado en la acera que asiste a un desfile triunfal, avergonzado al pensar que hubiese podido ser uno de los que marchan entre aplausos en vez de ser uno de los que aplauden. Yo no había sido del todo indiferente a lo que en mi país se estaba preparando. Nadie podría negar que en algo había ayudado, consiguiendo lugares donde pudiesen celebrarse reuniones clandestinas, llevando y trayendo documentos, prestando ayuda económica, ocultando a un herido. Pero, en un momento dado me había apendejado —ésa era la verdad. Había huido del país por temor a persecuciones imaginarias. Y acaso no tan imaginarias, pensaba ahora, porque el allanamiento a la escuela de Vera podía estar relacionado con todo lo demás. Pero, por más que tratara de justificarme ante mi conciencia, debía admitir que un verdadero revolucionario habría procedido de distinta manera. No pasaba de ser un burgués metido a conspirador —trasunto de carbonario o “laborante”— extraviado en este siglo. Y si mi fuga hubiese sido realmente necesaria, debía haberme fugado hacia la Sierra Maestra y no hacia el Monte Ávila... Tenía lacerantes deseos de volver a mi país, ahora que podía hacerlo con toda seguridad. Pero nadie, allá, esperaba por mí. Martínez de Hoz me escribía que en La Habana se vivía en compás de espera: una intensa expectativa ante la aparición de hombres cuyos apellidos jamás habían figurado en los anales de la vieja política que veníamos arrastrando desde los comienzos del siglo. Después de inevitables disturbios de la primera hora —resistencia de pandillas armadas que no habían huido a tiempo, o esbirros dejados en tierra por los allegados del dictador— la vida había vuelto a su curso normal, y nada anunciaba mayores cambios, aunque los negocios, en este momento, estaban paralizados por la espera de quienes sabían que el que a buen árbol se arrima... “La vida ha vuelto a su curso normal” —me decía mi excelente colaborador. Y sin embargo, una noticia recibida recientemente me había llenado de júbilo: un día, en uno de esos misteriosos impulsos colectivos que, sin voz de mando, sin jefes, conducen las masas a la toma de cualquier Bastilla, el pueblo de La Habana se había arrojado a las calles, espontáneamente, para destruir todas las casas de juego de la ciudad. A hachazos, a mandarriazos, se habían roto las mesas de los números y los tapetes verdes; por el suelo se habían esparcido las ruletas, cubiletes de dados y fichas de coimes. En horas quedaron destruidos los dominios proconsulares de Lucky Luciano, Frank Costello y sus familias mafiosas, con grandes hogueras callejeras donde se consumían los últimos naipes, taburetes de dealers, rastrillos de dineros, pavesas de una época rebasada, en tanto que los juke-box y aparatos tragamonedas, atacados a cabillazos y patadas, rotos sus cristales, desencajados sus manubrios, con sus ciruelas, campanas y cerezas rotatorias, vomitaron los últimos jack-pot de sus entrañas. Y al final de la tarde quedaron tirados a lo largo de las aceras las maderas chamuscadas, astilladas, rajadas, aún cubiertas de andrajos rojiverdes, los artefactos metálicos y enseres de fullería, de lo que hubiese sido, en el Trópico, emporio del azar, el engaño y la trampa. —“Algo nuevo hay en mi ciudad”, dije, leyendo y releyendo los periódicos que narraban las peripecias de este —por una vez magnífico— auto de fe. Y volvía a hablar de mi ansia de regresar allá. —“Antes tienes que terminar la urbanización que has planeado” —me decía Irene. Y tenía razón: era una cuestión de ética profesional ante una empresa venezolana que había depositado en mí la mayor confianza. Pero mi amiga, dando una dimensión nueva a su papel de Calipso, trataba de aplazar indefinidamente la fecha de mi partida, con llamados a la cautela que afincaba en ejemplos tomados a la historia del Continente: “Mira, valezón...” Y entre Sinfonía de Brahms y Sinfonía de Brahms puestas en el tocadiscos para ritmar nuestros abrazos, era la Teoría: toda la gente nueva que llegaba al poder en estos fregados países, empezaba siempre con magníficas intenciones. Y que la honradez, y que la austeridad, y que el saneamiento de la hacienda pública, y que los procesos por peculado, y que la decencia, y que la disciplina, y que...; y efectivamente, se instalaban en el palacio de gobierno, con los mismos trajecitos raídos y de mala factura que desde siempre usaban en sus aulas de maestrescuelas, en sus notarías, en sus tenidas masónicas, y esa pobreza, y esa pureza, y esa sencillez les duraban hasta el día en que un Jefe del Protocolo les señalara la necesidad —el poder tiene sus servidumbres— de mejorar la guardarropía, y mandarse hacer dos chaqués, dos smokings, y hasta un frac. Ellos ponían el grito en el cielo, afirmando que era un gasto inútil, que habíamos vuelto a los tiempos de Catón y de Cincinato, hasta que la tenacidad del Jefe de Protocolo venciera la resistencia. Y entonces descubrían que las cuentas de sus trajes, los dos chaqués, los dos smokings, y hasta el frac, con ñapa para la compra de camisas adecuadas y mancuernas de oro, imitación perla o imitación platino, así como las botonaduras armonizadas, eran pagados por el Estado... Y cuando se miraban en el espejo de la prueba final, se operaba en ellos una transformación interior semejante a la sufrida por el Pontífice del Galileo Galilei de Bertolt Brecht... Dejaban de ser hombres cualesquiera para transformarse en vestidos/investidos... Y ahí empezaba la Gran Vaina, con el automóvil para la esposa, el automóvil para llevar los niños al colegio, la quinta para la mamacita y las cuentas en bancos suizos... —“La Gran Vaina, te digo; la Gran Vaina”. [17 de mayo de 1959. SE PROMULGA EN CUBA UNA PRIMERA LEY DE REFORMA AGRARIA]... “Tú me dices, Enrique, que estos, de ahora, son hombres jóvenes, sin una fea historia detrás de ellos; me dices que se han endurecido en la Sierra, que no tienen apetencias de lujo; tanto más peligroso será el lujo para ellos, porque el lujo les saldrá al encuentro, y, además de los chaqués, los smokings y el frac, vendrán los caviares y las trufas, y las buenas hembras puestas en bandejas... Y por lo mismo que mucho sufrieron, y sufrieron por una causa justa, admitirán que una recompensa es merecida, y se aflojarán, se ablandarán, se irán entregando, poco a poco, a los halagos de la gran burguesía, y detrás de la gran burguesía están los negociantes norteamericanos que solo hablan por guarismos de seis cifras para arriba... Y, entonces, ¡ay vale!”... [6 de agosto de 1960 —LEY DE NACIONALIZACIÓN DE VEINTISÉIS EMPRESAS NORTEAMERICANAS] Y entre ellas, nada menos que la Cuban Telephone Company, The Cuban American Sugar Mills, la United Fruit Sugar Company, la Texas Co. West Indies, la Sinclair Cuba Oil Co., la Esso Standard Oil... —“¡Caray! ¡Hasta ahora nadie se ha atrevido a tanto!” —“Sí. Ya sé. Te entusiasmas con eso de que hayan fregado a la Esso Standard Oil, que se nos ha metido en Venezuela hasta el tuétano, y también la Texas que ya se nos está colando —y “agresivamente”, como dicen los yankis. Pero ahí, m’ hijo, me parece que se están ustedes pasando de maracas... No están ya jugando con el fuego: están jugando con el Águila. Y eso, no lo aguantarán los musiús del Norte. Ya veo a los marines bailando en Tropicana, emborrachándose en el Floridita, y trayendo otra vez sus ruletas, su póker y sus dados. [26 de septiembre de 1960. FIDEL CASTRO DECLARA EN LA ONU: “CUBA SERÁ EL PRIMER PAÍS DE AMÉRICA QUE A LA VUELTA DE ALGUNOS MESES PUEDA DECIR QUE NO TIENE UN SOLO ANALFABETO”] —“Optimismo. Puro optimismo. ¿Cómo hablar de algunos meses? No te olvides que soy matemática, y trabajo con máquinas IBM y estoy cansada de ver estadísticas. Hay países en América Latina que tienen hasta un 90 por ciento de analfabetos. Ustedes, en Cuba, deben andar por 23 ó 24 por ciento. Según cálculos hechos hace tiempo por la UNESCO, un país de la población del tuyo necesita unos once años para vencer el analfabetismo... El mucho optimismo es peligroso, valezón. ¡Cuídate de un excesivo optimismo!”... Pero estaban concluidos los trabajos de mi urbanización escalonada sobre áridos cerros, y yo estaba más que regustado ya de los frescos racimos, capulíes y pomarrosas de la isla Ogigia con música de Brahms en que Irene había tenido el arte de ofrecerme una grata vida afectiva, sin tormentos ni sturm und drang. Así, después de despedirme de los magníficos amigos venezolanos que aquí había tenido, dije adiós una noche a la inteligencia y al cuerpo de mi amiga, y, a la mañana siguiente, volé a La Habana en un Constellation de la Aeropostal. Transcurría la primera quincena de octubre, mes de bruscas mutaciones en el clima de Cuba. Yo estaba resuelto a mudar de piel y comenzar una existencia nueva.

Notas

1 Fidel Castro visitó Venezuela para agradecer la solidaridad contra la satrapía de Batista. El viaje a Caracas fue el 23 de enero de 1959; y ese mismo día pronunció el discurso en la plaza El Silencio. Cien mil venezolanos estaban en la plaza; hay una versión del discurso en el periódico Revolución, 24 de enero de 1959, pp. 1 y 4. Fidel regresó a La Habana el 26.

Carpentier residía en esa ciudad desde agosto de 1945. El narrador oyó el discurso en la plaza El Silencio. Se ha dicho que le impresionó tan gratamente al orador, que en ese momento decidió iniciar los preparativos para el regreso definitivo a La Habana (julio de 1959).
2 Así llamaban en Venezuela a los barbudos. (Nota de Carpentier)